A un año de su segunda investidura, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se esfuerza para destacar como un actor central en la diplomacia global bajo la bandera de la paz.
Su intervención en el conflicto entre Rusia y Ucrania generó expectativas, controversias y profundas divisiones entre aliados occidentales, mientras el mundo observa si su estilo directo y transaccional puede realmente traducirse en el fin de una de las guerras más graves del siglo XXI.
Tras meses de negociaciones, en noviembre de 2025, el gobierno de Trump sorprendió a gran parte del mundo diplomático al lanzar un plan de paz para Ucrania que fue ampliamente visto como una capitulación ante la mayoría de las exigencias del Kremlin.
Aún sin avances concretos, el mandatario presiona para poner fin a la guerra de Ucrania, realiza desde llamadas telefónicas con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, reuniones de alto nivel y hasta encabezó una cumbre en persona en Alaska, pero ninguno de los esfuerzos del gobierno de Trump ha dado frutos concretos hasta ahora.
Pese a que Trump no duda en presumir de sus dotes de pacificador, insistiendo en que acabó con “ocho guerras” desde que volvió a ocupar el Despacho Oval, lo cierto es que Ucrania se ha prolongado como cuestión por resolver.
Apenas hace unos días afirmó que es Ucrania, no Rusia, la que frena el posible acuerdo de paz, una retórica que contrasta notablemente con la de los aliados europeos, que sostienen sistemáticamente que Moscú tiene poco interés en poner fin a su guerra en Ucrania.
De hecho, uno de los momentos más críticos de la relación Trump-Zelenski fue el encuentro en el Despacho Oval de febrero, marcado por la tensión entre ambos a ojos de todo el mundo.
El estadounidense acusó al ucraniano de ser un “desagradecido” en relación a la ayuda prestada a Kiev y de estar “jugando con las vidas de millones de personas”.
