Conocido como el estilo del Río Pecos, este lenguaje visual comenzó hace casi 6.000 años y continuó con una notable consistencia durante más de 4.000 años, sostenido a lo largo de unas 175 generaciones de cazadores-recolectores nómadas.
Los murales no son meramente decorativos, sino que codifican complejas concepciones indígenas de la existencia.

Elaboradas figuras de seres humanos y animales, formas abstractas y motivos simbólicos aparecen repetidamente en los paneles rocosos siguiendo estrictas reglas estilísticas, lo que sugiere que estas imágenes servían como expresión visual de creencias cosmológicas, incluyendo historias de la creación, prácticas rituales y conceptos cíclicos del tiempo.
Continuidad cultural e influencia
Las avanzadas técnicas de datación por radiocarbono aplicadas a múltiples yacimientos confirmaron el uso persistente de las mismas convenciones visuales a lo largo de milenios.

Esta tradición perdurable no solamente vincula épocas dispares de la historia, sino que también resuena en civilizaciones mesoamericanas posteriores, como los aztecas, y en comunidades indígenas contemporáneas, como los huicholes, que reconocen ecos de sus propias cosmologías en estas antiguas obras maestras.
“Hemos datado con certeza una de las tradiciones de arte rupestre más distintivas del mundo: los murales del estilo del Río Pecos, en el suroeste de Texas”, señala Carolyn Boyd, coautora del estudio y profesora de antropología en la Universidad Estatal de Texas.
