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Veteranos de Fort Ord temen que toxinas les causaran cáncer

PARQUE NACIONAL FORT ORD, California, EE.UU. (AP) — Durante casi 80 años, los reclutas que se reportaban al Fuerte Ord, en la zona central de California, se consideraban los afortunados: privilegiados por vivir y trabajar entre mares espumosos, dunas de arena y colinas cubiertas de salvia.

Pero había un lado oculto: el trabajo sucio de ser soldado. Los reclutas lanzaban granadas activas a los cañones del “Callejón Mortero”, rociaban productos químicos jabonosos en pozos de combustión de chatarra y de solventes, y vaciaban toxinas en el drenaje y en tanques con fugas que enterraron bajo tierra.

Cuando llovía, los venenos se percolaban en los acuíferos de los que extraían agua para beber.

A lo largo de los años, los soldados y civiles que vivían en la base del Ejército de Estados Unidos no cuestionaron si el agua corriente era segura para beber.

Pero en 1990, cuatro años antes de que comenzara el proceso de su cierre como base de entrenamiento militar, el Fuerte Ord (o Fort Ord) fue agregado a la lista de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) de los lugares más contaminados de la nación. Incluidos en dicha contaminación había docenas de productos químicos —algunos de los cuales ahora se sabe que causan cáncer— encontrados en el agua potable y el suelo de la base.

Décadas después, varios veteranos de Fort Ord que fueron diagnosticados con diferentes tipos de cáncer —especialmente trastornos sanguíneos raros— plantearon la pregunta en Facebook: ¿Hay más de nosotros?

Pronto, el grupo creció a cientos de personas que habían vivido o servido en Fort Ord y estaban preocupadas de que sus problemas de salud pudieran estar relacionados con las sustancias químicas del lugar.

The Associated Press entrevistó a casi dos docenas de esos veteranos para este artículo e identificó a muchos más. La AP también revisó miles de páginas de documentos y entrevistó a científicos militares, médicos y ambientales.

Rara vez hay una manera de conectar directamente la exposición tóxica a la condición médica de un individuo específico. De hecho, las concentraciones de las toxinas son minúsculas, medidas en partes por billones o por miles de millones, muy por debajo de los niveles de un envenenamiento inmediato. Las empresas de servicios públicos locales, el Departamento de Defensa y algunos miembros del Departamento de Asuntos de los Veteranos insisten en que el agua de Fort Ord es segura y siempre lo ha sido.

Pero el propio sitio web de exposición a materiales peligrosos del Departamento de Asuntos de Veteranos, junto con científicos y médicos, están de acuerdo en que sí existen peligros para el personal militar expuesto a contaminantes.

El problema no está sólo en Fort Ord. Esto sucede en todo Estados Unidos y en el extranjero, en casi todos los lugares donde el ejército ha puesto un pie, y el gobierno federal todavía está descubriendo el alcance tanto de la contaminación como de los efectos de su legado tóxico en la salud.

La revisión de la AP de documentos públicos muestra que el Ejército sabía que los productos químicos fueron desechados inapropiadamente en Fort Ord durante décadas. Incluso después de que la contaminación fue documentada, el Ejército minimizó los riesgos.

Y a los veteranos enfermos se les niegan sus prestaciones con base en una evaluación de salud de 25 años. La Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) concluyó, en 1996, que no existen riesgos probables pasados, presentes o futuros por exposiciones en Fort Ord.

Pero esa conclusión se basó en datos limitados y antes de que la ciencia médica entendiera la relación entre algunos de estos químicos y el cáncer.

Esto es lo que se sabe:

Los veteranos en general tienen tasas de cáncer de sangre más altas que la población general, según los datos del Departamento de Asuntos de los Veteranos. Y en la región que incluye a Fort Ord, los veteranos tienen una tasa 35% mayor de diagnóstico de mieloma múltiple que la población general de Estados Unidos.

Veteranos como Julie Akey.

Akey, quien ahora tiene 50 años, llegó a Fort Ord en 1996 con un don para la lingüística. Se alistó en el Ejército con la condición de poder aprender un nuevo idioma. Y así, la joven de 25 años fue enviada al Instituto de Idiomas de Defensa en Monterey, California, y vivió en Fort Ord como soldado. Para entonces, la base estaba casi cerrada, pero aún albergaba tropas para fines limitados.

“Era increíblemente hermoso”, dijo. “Tienes el océano y playas extensas a un lado, y las colinas ondulantes y las montañas detrás”.

Lo que ella no sabía en ese momento era que el suelo bajo sus pies, y el agua que corría por el suelo arenoso hasta un acuífero que suministraba parte del agua potable de la base, estaban contaminados con sustancias químicas que causan cáncer, incluido el tricloroetileno, también conocido como desengrasante milagroso o TCE.

Se enteraría de eso décadas más tarde, mientras trataba de entender cómo, con sólo 46 años y sin antecedentes familiares de cáncer de la sangre, le diagnosticaron mieloma múltiple.

“Nadie nos lo dijo”, manifestó.

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A pesar de las afirmaciones de los militares de que no hay problemas de salud asociados con vivir y prestar servicio al Ejército en Fort Ord, ni en cientos de otras bases militares clausuradas, casi todos los cierres han expuesto una contaminación tóxica generalizada y han requerido una limpieza masiva. Docenas han contaminado las aguas subterráneas, desde Fort Dix, en Nueva Jersey, hasta la Estación Aérea Naval de Adak, en Alaska. Fort Ord lleva 25 años con su limpieza como parte del programa federal «Superfund”, y se espera que continúe con ella durante décadas.

Hasta la fecha, el ejército sólo ha reconocido que la salud de las tropas podría haberse afectado por beber agua contaminada en una sola base estadounidense: Camp Lejeune, en Carolina del Norte, y sólo entre 1953 y 1987. Epidemiólogos federales encontraron que los miembros del servicio militar allí tienen tasas de mortalidad más altas por muchos tipos de cáncer, incluidos el mieloma múltiple y la leucemia. Los hombres desarrollaron cáncer de mama y las mujeres embarazadas tendieron a tener hijos con tasas mayores de defectos de nacimiento y bajo peso al nacer. Al igual que Fort Ord, Camp Lejeune comenzó a cerrar pozos contaminados a mediados de la década de 1980.

Los soldados a menudo son enviados a diferentes bases durante sus años de servicio militar, pero ni el Departamento de Defensa ni el de Asuntos de los Veteranos han dado un seguimiento sistemático a las exposiciones tóxicas en las diferentes locaciones.

La misión principal de Fort Ord fue la de entrenar a las tropas que se desplegaron en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, en Corea y en Vietnam. Apoyó a varios pueblos pequeños prósperos en un tramo de tierra costera del tamaño de San Francisco. Los soldados y sus familias vivían en casas y apartamentos conectados a su sistema de agua, y los civiles trabajaban en sus aeródromos, hospitales y otras instalaciones.

Durante sus labores de preparación para la batalla, vertieron disolventes en el drenaje de la base, se deshicieron de residuos químicos fangosos en tanques de almacenamiento subterráneos, y desecharon bidones de 200 litros (55 galones) de material cáustico en el vertedero de la base, según un informe de inventario de desechos peligrosos de 1982.

Curt Gandy, un exmecánico de aviación, recuerda haber sido rociado rutinariamente con productos químicos tóxicos desde la década de 1970 hasta la de 1990. Dijo que roció aviones con disolventes, limpió partes de motor y quitó la pintura de los fuselajes sin ninguna protección. Había barriles de tolueno, xileno (dimetilbenceno), combustible para aviones y más.

“Entran en contacto con tu cuerpo, con tu cara, terminas salpicado de eso y estamos usando bombas para rociar estas cosas”, dijo. “Tiene 250 libras de presión y lo estamos rociando en el aire y se atomiza”.

Los viernes, las cuadrillas recogían barriles de los líquidos inflamables usados y los llevaban por un camino arenoso lleno de baches, y arrojaban disolventes, pintura y virutas de metal sobre los cascos de los aviones y tanques descompuestos en un pozo en combustión. Un fin de semana al mes, los bomberos del aeródromo encendían el fango tóxico y luego apagaban las llamas con espuma.

En 1984, una llamada anónima informó a los funcionarios de Fort Ord que “aproximadamente 30 bidones de 55 galones”, que contenían unos 2.200 litros (600 galones) de un “líquido tipo disolvente”, habían sido vaciados ilegalmente allí, según un informe del Ejército. El estado, que ordenó una limpieza dos años después, determinó que el Ejército había manejado mal el sitio de una manera que amenazaba tanto las aguas subterráneas como las superficiales.

Y el pozo de combustión no era el único sitio contaminado de la base.

En 1991, cuando el Ejército comenzó a investigar qué se había desechado realmente en el vertedero de la base que tiene vista a la bahía de Monterey, los funcionarios dijeron al público que la basura era similar a la que uno encontraría en el vertedero de cualquier ciudad pequeña, según las transcripciones de las reuniones comunitarias.

Si bien es cierto que gran parte de la basura de ese vertedero provino de casas cercanas —restos de comida, muebles viejos, electrodomésticos descompuestos e incluso gasolina—, los oficiales del Ejército que hablaron en las reuniones no mencionaron el caldo tóxico de pinturas y disolventes que hoy están prohibidos en los vertederos abiertos. El disolvente tricloroetileno (TCE) estaba entre las docenas de contaminantes que los científicos descubrieron desde 1985, y que hoy todavía existen en concentraciones por encima del límite legal en el agua potable del acuífero que se encuentra debajo, según informes locales y federales sobre la calidad del agua.

“El agua del acuífero de arriba se filtra hacia el acuífero de abajo y la contaminación simplemente se vuelve más profunda”, dijo Dan O’Brien, exmiembro de la junta del Distrito de Agua de Marina Coast, quien se hizo cargo de los pozos del Ejército en 2001. “El material tóxico permanece en el suelo debajo de donde fue arrojado. Cada vez que llueve, más de las toxinas en el suelo se filtran a la capa freática”.

Las primeras pruebas del Ejército en los pozos de Fort Ord cerca del vertedero detectaron niveles de TCE en 43 ocasiones entre 1985 y 1994. El Departamento de Asuntos de los Veteranos dijo a la AP que la contaminación estaba “dentro del rango de seguridad permitido” en las zonas que proporcionaban agua potable.

Pero 18 de esos niveles de TCE excedieron los límites legales de seguridad; una lectura era cinco veces esa cantidad. No está claro durante cuánto tiempo y en qué concentraciones pudo haber TCE en el agua antes de 1985. Y el TCE era sólo un problema. La EPA identificó más de 40 “sustancias químicas de preocupación” en el suelo y las aguas subterráneas.

“En ese entonces no se reconocía que fuera tan tóxico y lo tiraban al suelo después de usarlo. Usaron enormidades de él. Ahora es el contaminante de agua subterránea más generalizado que tenemos”, dijo Thomas Burke, epidemiólogo ambiental de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins Bloomberg y exfuncionario de la EPA.

A los contratistas traídos inicialmente para limpiar las aguas subterráneas contaminadas se les advirtió que no dijeran a los miembros de la comunidad lo que encontraron en su agua potable, específicamente no a los medios de comunicación o incluso a las agencias públicas locales, según un memorándum militar de 1985.

En ese momento, había niveles elevados de TCE en los acuíferos, pero los militares aseguraron al público que el agua para beber era segura.

“Nunca ha habido ningunos resultados de pruebas que indicaran que el agua de Fort Ord no era segura”, declaró un oficial del Ejército a varios periódicos locales en agosto de 1985.

Desde entonces, los avances en la ciencia médica han aumentado la comprensión de los peligros de los productos químicos en Fort Ord. El TCE, por ejemplo, es ahora un carcinógeno humano reconocido, y los estudios epidemiológicos y en animales indican un posible vínculo entre el TCE y los cánceres de la sangre como el linfoma no hodgkiniano y el mieloma múltiple.

Durante años, Julie Akey recopiló nombres de personas que vivieron en Fort Ord y luego fueron diagnosticadas con algún tipo de cáncer. Su base de datos eventualmente aumentó a más de 400 personas, de las que casi 200 estaban enlistadas por tener esos tipos de cánceres de la sangre.

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Akey pasó la mayor parte de sus días en Fort Ord en un salón de clases donde estudió árabe. Pero en las tardes y noches, corría a lo largo de la costa y realizaba ejercicios militares. En casa, regaba su pequeño huerto de vegetales con el suministro de agua de la base y cosechaba los cultivos frescos para usarlos en sus ensaladas.

Llenaba su botella con agua del grifo antes de salir cada mañana, y no se preocupaba por las duchas que tomaba cada noche. Después de todo, era una entre los cientos de miles de soldados en la historia de la base que hacían lo mismo.

Cayó enferma en Bogotá, Colombia, en 2016. Había dejado el ejército después de casi seis años como traductora e interrogadora para convertirse en oficial del servicio exterior del Departamento de Estado, un trabajo de ensueño que le dio la oportunidad de viajar por el mundo con sus hijos gemelos. De repente se sintió fatigada con un dolor persistente en los huesos. Poco después, gritaba de dolor.

Como los médicos colombianos no pudieron encontrar la causa, Akey fue enviada a Estados Unidos para lo que asumió sería un viaje rápido. Dejó plantas encargadas, comida en el refrigerador y ropa en la tintorería.

Pero nunca volvió.

Después de semanas en la Clínica Cleveland, le diagnosticaron mieloma múltiple, una forma rara y agresiva de cáncer que ataca las células plasmáticas y que se detecta con mayor frecuencia en hombres de raza negra de edad avanzada. La enfermedad es tratable pero no tiene cura.

“Yo era una zombi”, dijo. “Lloraba todo el tiempo”.

Preocupada por mantener su seguro médico del gobierno, solicitó empleo en un aeropuerto cercano como revisora de equipaje de medio tiempo mientras se recuperaba de un trasplante de médula ósea.

“Nunca piensas que vas a tener cáncer a los 46. ¿Por qué? ¿Por qué tengo este cáncer loco del que nadie ha oído hablar? Así que comencé a buscar respuestas”, dijo.

Akey revisó meticulosamente sus asignaciones en España y Haití, sus períodos en Guyana, Ecuador, Nigeria, en Fort Bragg, en Carolina del Norte, y Fort Gordon, en Georgia. Y en Fort Ord, un sitio del programa federal Superfund.

“Creo que esa fue mi respuesta”, dijo.

Akey leyó todo lo que pudo sobre la base y buscó a otros como ella. Peinó a detalle informes de la EPA, registros de agua, recortes de periódicos y obituarios. Revisó las redes sociales y creó una base de datos de veteranos enfermos; ha crecido a 491 personas hasta la fecha.

Poco después de que Akey creara un grupo de Facebook en junio de 2019, se puso en contacto con Tracy Lindquist. Scott, el esposo de Lindquist, estuvo estacionado en Fort Ord durante dos años en la década de 1980. Tiene tres tipos de cánceres raros, incluido el mieloma múltiple. Recibió un trasplante de células madre hace unos años y ha estado en quimioterapia desde 2014.

Tiene seguro médico a través del Departamento de Asuntos de los Veteranos, pero cuando solicitó pagos por discapacidad que le habrían permitido dejar de trabajar, dijo Tracy, sus reclamos fueron denegados —dos veces—.

Hasta mayo, condujo una camioneta por 11 dólares la hora; transportaba a personas con discapacidades del desarrollo desde sus hogares grupales a talleres de todo un día. A veces tenía que cambiar el aceite o darle mantenimiento, y el trabajo físico era duro para él, dijo Tracy. Luego comenzó a tener convulsiones y ya no pudo conducir. Trató de trabajar tres días a la semana en la limpieza de las camionetas y la atención a los clientes, pero ni siquiera pudo lograr eso. A principios de este mes, fue aprobado para recibir pagos por discapacidad del Seguro Social.

“Scott casi nunca salía de la base y bebía agua como un pez, y esa agua estaba contaminada”, dijo Tracy. “Sé que hay personas por ahí que han perdido piernas y brazos y necesitan cuidar a esas personas que resultaron heridas en acción. Pero esto también es una discapacidad”.

Debi Schoenrock, quien vivía a la vuelta de la esquina de la casa de Akey en Fort Ord, fue diagnosticada en 2009 con mieloma múltiple a los 47 años. Al igual que Akey, estaba estupefacta. Era esposa de un militar y vivió en la base durante tres años, desde 1990 hasta 1993. Nunca había estado enferma y no tenía antecedentes familiares de cáncer. Nadie mencionó nada sobre toxinas, dijo.

En 1991, el Ejército encuestó a decenas de miembros de la comunidad para averiguar qué sabían sobre la contaminación de las aguas subterráneas en Fort Ord. Todos dijeron estar preocupados y ninguno reportó haber recibido información del Ejército.

Cinco años más tarde, un informe federal les aseguró que “debido a que la concentración de contaminación detectada en el pasado en los pozos de agua potable de Fort Ord y Marina fue baja y la duración no fue de toda una vida (70 años), es poco probable que esas exposiciones resulten en efectos adversos para la salud”.

Décadas después, dichas evaluaciones de salud en Fort Ord y otras bases militares están desactualizadas y se basan en ciencia obsoleta, dijo Burke, de Johns Hopkins.

“Una evaluación de salud de la década de 1990 es endeble”, señaló.

Peter deFur, un biólogo que trabajó como asesor científico financiado por la EPA en la base, concuerda. El informe “establece que no puede haber efectos en la salud en el futuro, lo cual no es posible saber”, dijo.

Si bien el gobierno federal ha establecido estándares aceptables para la cantidad de TCE en el agua potable, ningún nivel de dichos carcinógenos es seguro, de acuerdo con la Ley de Agua Potable Segura de 1974. Para complicar las cosas, el TCE se vaporiza fácilmente, y cuando se inhala puede ser todavía más peligroso, según una evaluación del Programa Nacional de Toxicología.

William Collins, quien dirige la limpieza de Fort Ord para el Ejército, dijo que nunca ha oído hablar de alguien que haya enfermado por la contaminación en la base. Al igual que el Departamento de Asuntos de los Veteranos, Collins señala el estudio de hace 25 años que no encontró riesgos humanos probables por la exposición en Fort Ord. Dijo que cualquiera puede solicitar un estudio nuevo y actualizado si lo desea, que es lo que sucedió en Camp Lejeune en 2017.

Funcionarios federales de salud dijeron a la AP que nadie ha hecho eso en Fort Ord.

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LeVonne Stone y su esposo Donald vivían en Fort Ord cuando la base cerró. LeVonne tenía un trabajo civil allí y Donald había pertenecido a la 7ma División de Infantería.

Durante la conversión de la base, Stone formó la Red de Justicia Ambiental de Fort Ord, que exige respuestas sobre las toxinas y su impacto en amigos y vecinos, quienes, en ese momento, constituían la única comunidad negra importante en la costa central de California. Pero dijo que los funcionarios militares y estatales estaban decididos a desarrollar la valiosa propiedad costera, y, en su opinión, no querían lidiar con la contaminación.

“Intentamos decírselo a todos: al estado, al gobierno federal, a todos”, señaló ella. “Hay muchas personas que han muerto de cáncer. No han hecho nada por la comunidad a nivel local. … Simplemente evitaron prestarle atención y miraron hacia otro lado”.

Ha habido esfuerzos en años recientes para obligar al gobierno a encarar los efectos de los abusos ambientales de los militares.

Se han presentado numerosos proyectos de ley que buscan compensar a los veteranos que enfermaron por la exposición a productos químicos tóxicos durante su servicio, pero nada significativo ha sido aprobado.

El año pasado, el presidente Joe Biden pidió al Departamento de Asuntos de los Veteranos que examinara el impacto de los pozos de combustión y otros peligros transmitidos por el aire. En noviembre, la Casa Blanca anunció que los soldados expuestos a los pozos de combustión en un puñado de países extranjeros, y que desarrollaron cualquiera de tres enfermedades específicas —asma, rinitis y sinusitis— dentro de un plazo de 10 años, pueden recibir prestaciones por discapacidad.

La Junta de Apelaciones de Veteranos ha dictaminado en repetidas ocasiones que no se puede presumir la conexión con el servicio militar de ninguna enfermedad —accidente cerebrovascular, cáncer, problemas de vista, trastornos cardíacos y otras— debido a la exposición a sustancias químicas tóxicas en Fort Ord, según una revisión de la AP a las reclamaciones.

El Departamento de Asuntos de los Veteranos dijo a la AP que está actualizando cómo determina los vínculos entre las condiciones médicas y el servicio militar, y alienta a los veteranos que creen que sus enfermedades pueden haber sido causadas por su servicio a presentar un reclamo.

Burke, el epidemiólogo de Johns Hopkins, dijo que hacer ahora un estudio de los efectos en la salud por vivir en Fort Ord es difícil, si no imposible. “No podemos reproducir lo que sucedió en esa base en California”, dijo. “Tenemos que admitir que expusimos a las personas a una gran cantidad de materiales tóxicos”.

Y no es sólo una cuestión de exposiciones en el pasado.

Actualmente, Fort Ord alberga una pequeña universidad pública. Algunos estudiantes viven en antiguas viviendas del Ejército y pasan los fines de semana “ordeando”: explorando los edificios militares abandonados y contaminados. Al año, más de 1.5 millones de ciclistas de montaña, senderistas y jinetes disfrutan de unos 138 kilómetros de senderos en un vasto parque nacional. Se construyen vecindarios completamente nuevos con casas de un millón de dólares al otro lado de la calle del vertedero limpieza con el programa Superfund. Los funcionarios locales de agua dicen que ahora el agua para beber se extrae de otras áreas y es tratada antes de que llegue a los clientes.

El exsecretario de Defensa Leon Panetta creció junto a Fort Ord, recibió capacitación básica en la base y ahora dirige allí un instituto sin fines de lucro.

Con demasiada frecuencia, dijo, los militares hacen lo que sea necesario en sus bases para preparar a las tropas para la guerra, “y no pasan mucho tiempo preocupados por las implicaciones de lo que sucederá una vez que se vayan”.

Dijo que los militares abandonan las comunidades y dejan grandes desastres por limpiar.

“Creo que tienen todo el derecho de preguntar si cualquier dolencia física que puedan tener se debe o no al menos en parte a no haber realizado una limpieza adecuada”, dijo Panetta. “Y en esas situaciones, hay responsabilidad. Y alguien tiene que cuidar a las personas que se han visto afectadas adversamente”.

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Para Akey y otros veteranos con cáncer, es una cuestión de rendición de cuentas. El seguro de salud, las prestaciones por discapacidad y el reconocimiento de que se cometieron infracciones, dijo, “no es pedir demasiado”.

“No sólo estás prestando servicio durante seis años, como yo, y luego estás fuera”, señaló. “Si te han causado cáncer, esa es una sentencia de por vida”.

En una mañana neblinosa reciente, Gandy, el exmecánico de aviones, pasó frente al hangar oxidado en el antiguo aeródromo donde solía trabajar. La única pista de aterrizaje y los edificios son ahora el Aeropuerto Municipal de Marina. Pero gran parte de la infraestructura militar heredada permanece, incluidos cobertizos con viejas latas de pintura, un separador de aceite del tamaño de un autobús escolar y boquillas y mangueras desconectadas.

Gandy se convirtió en un activista que habla sin reservas junto con Levonne Stone, y también fundó grupos comunitarios para mantener la presión sobre los militares para que limpien el sitio.

Su grupo demandó repetidamente al Ejército, pero un juez estuvo de acuerdo con los abogados del Departamento de Defensa, quienes dijeron que los reclamos eran discutibles porque se llevaba a cabo una limpieza rigurosa.

Gandy, quien ahora tiene 70 años, dijo que habló con los comandantes de la base: cada comandante y oficial de salud y seguridad. Veinticinco años después, los comentarios de Gandy —capturados en videos y transcripciones de polémicas reuniones comunitarias— parecen proféticos.

“Les dije: ‘Si hacemos lo que tenemos que hacer en este momento, nadie sabrá que hicimos lo correcto. Pero si lo hacemos mal, lo sabrán, porque en unos 20 años la gente comenzará a morir’”, dijo.

La AP obtuvo una lista de los colegas de trabajo de Gandy de un solo día en el aeródromo en 1986. Había 46 pilotos y soldadores, mecánicos e ingenieros de radio. Hoy, se le dijo a él, casi un tercio de ellos ha muerto, muchos de cáncer y enfermedades raras, algunos tenían cincuenta y tantos años.

Sabía que tres excolegas habían fallecido, no 13. “Me siento terrible”, manifestó entre lágrimas. “Me rompe el corazón. Esos muchachos eran buenos y merecían algo mejor”.

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